“Dame tres horas y los pongo a arreglar el techo cantando la marcha de San Lorenzo”

El Jefe Policial de Arroyito fue denunciado por apología del delito. Publicó en redes sociales una imagen del genocida Jorge Rafael Videla para opinar sobre el conflicto en la cárcel de Devoto. Fue denunciado por la delegada de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y pidió licencia por “razones personales”.

Por televisión se ven fosas comunes adonde ya no entran muertos. “Yo no soy sepulturero” dijo Jair Messias Bolsonaro. El martes 28 de abril, fue más lejos. El presidente de Brasil, apretó su dedo sobre la llaga de los 5.083 muertos que había hasta la fecha: “¿Qué queres que yo haga?”. Más acá, en Argentina (por suerte o porque no encontraron espacio), nadie con responsabilidad de gobierno refirió a la expansión y letalidad del Covid-19 como una simple “gripecita”. Así todo, las voces del país vecino resuenan en el lugar donde lxs argentinxs estamos siempre dispuestos a enfrentarnos: los Derechos Humanos.

Se dice y dice que la grieta se abre. Que la grieta se cierra. Que la grieta va. Que la grieta vuelve. Ni se abre, ni se cierra, ni va ni vuelve. La grieta es el teatro donde estamos parados, es el lugar donde mejor se organizan los sentimientos e identidades políticas de los argentinos. Y cuando eso pasa, cada actor va en busca de su mejor personaje. Entre muchos otros, están los “futurólogos”, sabios avizores; más allá vienen los “detractores” de todo, los de siempre, los perfectos opositores; también aparecen los “hipocondríacos”, pesimistas por naturaleza; cómo olvidar a los “conspiranoícos”, genios operadores del caos; y a los “balconeros”, esos empedernidos señaladores de actitudes ajenas, furiosos lanzadores de puteadas y macetas.

Pero en este contexto de encierro, donde las grandes ficciones que organizan la vida cotidiana se desploman y la pandemia echa luz sobre nuestras fisuras sociales, todo parece ir un poco más allá. Se confirma el primer caso de coronavirus en la Unidad N°42 de Florencio Varela y la cárcel de Devoto entra en llamas. El reclamo de la población penitenciaria (mal llamado “motín” por alguno de los personajes arriba mencionados) es claro: “Jueces genocidas, nos negamos a morir en la cárcel”. ¿Existe algún lugar más redituable y eficaz para este virus que una cárcel? Lo imagino en forma de Pacman, pero más grande, poderoso y perverso, con el aliciente de que para él no hay muros, barrotes ni candados.

A distancia del Palacio de Planalto en Brasilia y de la provincia de Buenos Aires, hay una ciudad en Córdoba que se llama Arroyito. Es una pequeña localidad de no más de 24 mil habitantes, donde el membrillo y la batata se empacan en lata y las personas, en su gran mayoría, viven de la fabricación de caramelos, turrones y barras de cereales. Aquí siempre hay olor a chicle, o mejor dicho casi siempre. Ayer el comisario del lugar, Milton Ullúa, compartió en su Facebook la imagen de tapa de esta nota.

En esta ciudad, Marlene Baronetto trabaja como delegada la Secretaria de Derechos Humanos de la Nación. Frente a esta situación, distintos vecinos y vecinas de Arroyito comenzaron a enviarle print de pantalla y mensajes que el Jefe de Policía publicaba en redes sociales.

“Esto superó todo. Porque las otras cosas, quizás, son más cotidianas, abocarse a la ayuda social, a la violencia de género, pero esto es distinto porque nadie quiere meterse con esta institución. Yo decidí hacer las denuncias: primero fue al tribunal de disciplina de la Policía, luego al INADI, después a la comisión de Derechos Humanos y al Ministerio de Seguridad y Justicia de la Provincia. Están todos al tanto de esto”, declaró Baronetto a La tinta.

Ayer a las dos y media de la mañana –luego de las denuncias realizadas, según cuenta Marlene– Milton mandó un mensaje a un grupo de seguridad de la ciudad informando que se tomaba licencia por razones personales.

“No es la primera vez que este funcionario tiene este tipo de conductas. Otras veces menospreció las denuncias de gatillo fácil, habló de levantar muros para frenar a las ‘ratas’, refiriéndose a personas económicamente bajas. Además todo el tiempo habla de Videla como una persona a seguir. El tema es que él es el Jefe de la Dependencia Policial de Arroyito y estas cosas no las puede poner ni promover. Esto es una apología al delito, además promover esto de la dictadura va en contra de la formación democrática y plural que tiene la fuerza policial. A mí me gustaría que las otras instituciones de la ciudad se pronuncien, pero hasta ahora silencio total”, agregó Baronetto.

Hoy, mientras la funcionaria de DD.HH. espera la custodia policial prometida, su seguridad e imagen pública se rifa en encuestas fogoneadas en redes sociales por “futurólogos”, “detractores”, “hipocondríacos”, “conspiranoícos” y “balconeros”: “Apoyo a Ullua Vs Tiene razón Baronetto”. ¿Adivinan quién ganó?

En esta situación excepcional que vivimos, pasando los 40 días de aislamiento social, preventivo y obligatorio, tal vez sea propicio hacernos algunas preguntas, especialmente aquellas referidas a las tareas de cuidado: ¿quiénes son las personas que ponen en marcha estas actividades? ¿De qué manera se realizan? ¿Cómo podemos disminuir la propagación del virus y al mismo tiempo fomentar respeto y dignidad en la gestión de las poblaciones? ¿Cómo incorporamos subjetivamente los mandatos de cuidado y construimos una ética de sí? ¿Son únicamente las fuerzas de seguridad las encargadas de implementarlas? Y en todo caso, sabiendo que no todas las personas somos vulnerables de la misma forma ¿están estos uniformados preparados para cuidarnos?

El cuidado es una palabra densa, cargada de contenidos que no siempre se pueden precisar. Eleonor Faur y María Pita, especialistas en el asunto, han llamado la atención sobre la banalización de este concepto. Ellas afirman que el despliegue y la presencia de la Policía, al menos en algunos lugares, despierta más temor que tranquilidadY por último, remarcan: “El control no es cuidado. La vigilancia tampoco”.

Termino con otra idea. Me parece claro, y nunca mejor visto en estos días, que las lógicas de seguridad, autoridad y vigilancia no son asumidas solamente por la fuerza policial. Algunos esperan que el reloj marque las nueve para romperse las manos en nombre de los profesionales de la salud. Esto siempre y cuando no haya ningún médicx conviviendo en el edificio, de lo contrario la vecinocracia sabrá cómo actuar. Tal vez, y justamente por eso, sea necesario repensar las pasiones punitivas, el dedo acusador, y poner un tanto a raya la policía que cada uno de nosotrxs llevamos dentro.

Fuente: La Tinta

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