Donde hubo fuego

Entre cerros y valles el fuego va dejando cicatrices humeantes en un paisaje que se asemeja a paños negros extendidos sobre tierras consumidas. En vastas regiones de la provincia el sonido del silencio resulta abrumador: desiertos de cenizas sin vida, trazados en mapas vivos de territorios muertos.

Los pobladores, en diferentes rincones de la provincia, se paran sobre imágenes que describen una de las catástrofes ambientales más importantes que hayan sufrido los cordobeses. Memorias del dolor, grabadas a fuego.

Germán Baigorri tiene 54 años y se crió en Cañada Honda: “Lo más terrorífico que sentí fue el sonido: un bramido muy fuerte, permanente y con explosiones internas.”

“Nos encontramos con el fuego cuando volvíamos, un jueves a la tarde” agrega Baigorri, contador público con tonada cruzdelejeña.

Sobre aquellos días de pesadilla, Baigorri afirma que “en el camino, había gente esperando que viniera el incendio para atajarlo mientras veíamos cómo se les iba encima. Hubo momentos terroríficos: suponíamos que no lo iban a poder contener y, al ratito, cuando pasamos de nuevo vimos que todas las camionetas venían por detrás de nosotros disparando, con el fuego por detrás”, indica el poblador y continúa diciendo: “Al día siguiente, nos quedamos esperando en la casa de unos parientes, porque estaba llegando el fuego hasta allí, en un rojo atardecer y el bramido que sentía permanentemente: Los disparos que hace el bosque”. Esos estruendos tenían una explicación, ya que según cuenta “frente a la casa de mi hermano el fuego abrazó muy fuerte a los molles -árboles grandes, de copa redonda y muy verde- y parecía que cada hoja hiciera un disparo mientras se quemaba, una cosa realmente impresionante”, sostiene Germán Baigorri.

“No pude contener las lagrimas”

“Al campo no lo había visto quemado. Volví después de 2 días y no pude contener las lágrimas mientras avanzaba sobre el camino: tierra blanca con tonos grisáceos, rincones más oscuros tirando a negro y, cada tanto, palos parados con alguna ramita, realmente desolador. Pensaba para mis adentros: esto parece otro planeta pero no, es el campo donde me crié”, se lamenta el vecino.

Baigorri explica que “en la entrada a Cañada Honda hay un paraje llamado Negro Huasi: allí hay una iglesia con arboleda donde siempre jugábamos: de eso no quedó nada, sólo la capilla pelada y cuando la vi así el pecho se me cerró y quedó apretado porque enfrente, sobre el camino, estaba caído un algarrobo enorme de unos 300 años. Salí disparando de ahí con ganas de llorar, sinceramente. Te lo cuento con el corazón”.

El paisaje desolador que quedó tras los incendios en el norte cordobés

Bomberos Involuntarios

“Aquí, en Cañada Honda, los vecinos combatieron el fuego y se transformaron en un actor más en la lucha contra los incendios” expresa Germán Baigorri y cuenta que “después que pasaron las quemas por la zona de Capilla del Monte, llegaron hasta acá. Los dos primeros días los bomberos no llegaban porque andaban repartidos por otras zonas, tampoco había aviones hidrantes, pero sí estuvo la gente: los vecinos dándose una mano”.

El comentario de los lugareños por aquellos días daba cuenta que jamás habían visto incendios de esa magnitud, con tantos frentes de fuego sincrónicos. Al respecto, Baigorri señala que “me paré sobre una loma y el panorama era impresionante: yo giraba 360 grados y veía 12 o 14 frentes de fuegos simultáneos que iban en una dirección y, de rompe y raja, venían vientos fuertes y alguien gritaba: ¡Se viene para acá! Entonces todos corriendo con baldes de aquí para allá para mojar los cercos y arrear a los animales cerca de las viviendas, porque si no se queman se te disparan y después no hay forma de juntarlos”.

Para medir la magnitud que adquirieron los incendios en territorio cordobés, el testimonio de Baigorri sirve como parámetro: “Una semana antes, había llevado a mi nena al médico a Córdoba y cuando volvíamos por la ruta de Villa Giardino mi señora me dijo:

-¡Uh mirá, el incendio se está yendo para allá, va a llegar a la casa de los tíos en Cañada Honda!

-¡No Marta, como se va a ir para la casa de los tíos! son 30 km en línea recta, tiene que pasar la Pampa de Olaen…

Eso ocurrió el martes y el sábado tuve que salir disparando a ayudar a la gente de Cañada Honda” indica Germán Baigorri.

“La pasividad del gobierno es manifiesta”

Respecto de la respuesta a los incendios por parte del gobierno cordobés, el poblador refiere: “los fuegos llegaron por los vientos y la inacción del Estado provincial: que hayan sido intencionales e iniciados en la zona de Villa Giardino-La Cumbre y hayan avanzado durante 8 días hasta llegar acá habla de la pasividad del gobierno. Que los aviones aparezcan después de 1 mes, cuando ya se quemó todo, es increíble”, señala Baigorri en diálogo con Sala de Prensa Ambiental y añade: “Todos los años se queman muchas hectáreas y nos estamos quedando sin sierras; sabemos que el gobierno sacó el impuesto al fuego hace 2 años pero ¿cuántos millones de dólares recaudaron durante 13 años?… seguro que alcanzaba para mucho más que comprar 4 aviones”.

Respecto de la amenaza lanzada desde el gobierno cordobés relacionada con el uso de la fuerza policial para aquietar la participación de los vecinos empujados hacia el fuego por la ausencia del Plan Provincial de Manejo del Fuego, Baigorri dice que “hay que ponerse en situación: voy al campo de mis tíos desde que me llevaban mis viejos cuando era niño y no tenían nada, nada, nada: los cercos para los animales estaban hechos con ramas y esa familia comía sopa de majada de oveja todos los días. Hoy, tienen un poco más: perímetros con alambre, postes, una camioneta para moverse y te puedo asegurar que son 40 años de pelearla, cagarse de hambre y laburar como negros; entonces, es absurdo que pretendan que la gente no defienda lo que, durante tantos años, le costó conseguir”, expresa Baigorri.

“Pasado el incendio es indescriptible la tristeza, un paisaje de cenizas donde vi cosas que no había visto nunca: las formas de las piedras y de las lomas antes cubiertas por el monte nativo; espinillos, piquillines y árboles grandes: molles, quebrachos blanco y colorado. El blanco, lo grisáceo y negro de los palos y árboles que quedaron en pie, otros caídos. Algunos de esos, los más grandes todavía humeantes. Lo que más duele es la inacción del gobierno. Disculpas, si por un momento me atraganté mientras hablaba”, concluye Baigorri.

“Los incendios empezaron donde hay una puja por urbanizar”

“El fuego entró al barrio y casi llega a mi casa”, comienza diciendo Angie Monasterio, de profesión fotógrafa y habitante de Villa Lago Azul, un barrio colindante con el lago San Roque, en Villa Carlos Paz.

Monasterio señala que “un sector es una reserva natural, poblada por bosque nativo protegido por la Ley de Bosques. Allí, hacíamos caminatas en medio de la naturaleza. ¿Qué tenemos ahora? Ruinas. Se perdió todo, no quedó nada; solo un parche negro y gigante como paisaje”.

“Lo primero que vimos fueron 3 focos simultáneos, lo que nos dio la pauta que –claramente- eran intencionales”. Indica Angie Monasterio que “en un lapso de 20 minutos las llamas alcanzaron unos 20 metros de altura que derretían los plásticos del alumbrado público que estaban sobre postes muy altos. Pasada una hora, todo el barrio estaba tapado por las llamas y el humo”, describe la vecina y luego relata que “policías y bomberos nos decían que teníamos que desalojar: tuvimos que ir cada uno a nuestra casa y recoger las cosas elementales que podíamos rescatar para ponerlas en un vehículo. Los que vivían en casas más cercanas al fuego se fueron y otros, como nosotros, esperamos para ver qué hacíamos”.

Imagen aérea de Villa Lago Azul > Gentileza GP Soluciones

Cuenta la fotógrafa de Villa Lago Azul que el pensamiento recurrente de aquel momento se centraba en la impotencia que sentían al saber que las quemas eran intencionales: “Empezaron en un lugar donde sabemos que hay una puja por urbanizar desde hace tiempo y, nuestra bronca, surgía al ver que la naturaleza salvaje estaba muriendo”.

Angie Monasterio dice que “la desesperación por la presencia de los incendios empezó a las 16 horas de aquel día y recién a las 22 lo pudieron frenar, cuando habían llegado muy cerca de nuestra vivienda. Vinieron familiares para ayudarnos: mucha desesperación ya que por momentos nos imaginamos la casa prendida fuego” relata la vecina y agrega “nos sentíamos impotentes y desamparados, porque quedás en manos de Dios y de los bomberos. El gobierno ausente, de hecho 4 días después de haber estado haciendo guardia de cenizas con bidones y palas hicimos una asamblea de vecinos auto-convocados y no asistió ningún funcionario público”.

Imagen aérea de Villa Lago Azul > Gentileza GP Soluciones

“Al fuego se lo apaga con agua, actividad y plata”

A Roberto Zurbriggen lo conocen como Cacho: un pequeño productor ganadero en un campo a 10 km de Villa Albertina: “El 15 de agosto empezó el incendio que, según parece, fue iniciado por especulaciones comerciales que coincidieron con la seca que veníamos sufriendo y terminó en un fuego imparable. Además, se agrega la falta de prevención, no se hacen los cortafuegos que hay que hacer ni existe una planificación entre bomberos y vecinos para que cuando se detecte un incendio estemos preparados y atentos para enfrentarlo”, comienza diciendo Zurbriggen, en diálogo con Sala de Prensa Ambiental y agrega: “El fuego pasa y deja como consecuencia un deterioro social, productivo y ecológico como el que vemos, no solo en nuestra zona, sino en todo el norte y noroeste de Córdoba”.

“La especulación se mezcla con cuestiones inmobiliarias y con algún proyecto turístico: incendiar significa que el dueño de un campo quemado -sin alambres, postes, ni expectativas de producir más nada- lo venda barato. Es una especulación que, en algunos casos, ha dado resultado porque hay gente que pretende quedarse con esas tierras”, sentencia el productor del Departamento Ischilín.

En la región, hay mucho espinillal y el ganado -vacas y cabras- se alimenta de la semilla de aromitos. También hay bosques de talas, molles, moradillos y piquillín. Cuenta Cacho que antes había, incluso, montes con árboles de madera dura que se fueron usando para los alambrados: los tintitaco. Hay mucho palo amarillo también, que da muchas flores para la miel y plantas aromáticas como la peperina, carqueja y tomillo.

“En el campo nuestro, cuenta Roberto Zurbriggen, hay varios bosques con árboles de 50 años a los que el fuego ha orillado y los arbolitos más nuevos no sobrevivieron”.

Durante 4 días, los incendios acecharon la vivienda dentro del campo del productor: “el fuego nos dio vuelta alrededor de la casa”. Cuenta Cacho que durante el incendio nunca pensó en abandonar su casa: “un lugar que queremos mucho que no íbamos a abandonar. En ese momento perdíamos el control de los animales y en el segundo día las vacas se sintieron rodeadas y percibieron que en la vivienda estaba el resguardo, así que se fueron acercando solas y encontraron unas chacras por donde ya había pasado el fuego y se resguardaron ahí”.

Un paisaje dividido tras los incendios

Relata Zurbriggen, que durante esas 4 interminables jornadas estaba con su compañera Virginia y dos muchachos de Villa Albertina, Sebastián y Gabriel, quienes llegaron después del primer día de incendios para ayudarlos: “ahí estábamos los cuatro y se nos complicó cuando vino el fuego porque no teníamos agua: los arroyos son apenas una lágrima y nuestro pozo también porque nos abastecemos con la lluvia y como hacía más de 3 meses que no llovía teníamos que administrar bien el recurso que íbamos a usar”, relata el poblador y agrega: “el gobierno llegó después del fuego. Es un tema complicado, no quiero ser crítico gratuitamente porque los bomberos son personas que queremos y respetamos mucho pero están en organizaciones muy verticalistas y al no existir trabajo previo y preventivo, de pronto te caen grupos de cuarteles que no conocen la zona y no se animan a meterse porque si el fuego o el humo te envuelven, se acabó la vida. No sólo las llamas son el problema, el humo es muy complicado porque no te deja ver ni respirar”.

“Faltan tareas por parte de un gobierno que viene mezquinando fondos porque la prevención no es barata: necesitamos que se hagan cortafuegos, mantener bomberos vigías y organizar a las comunidades para saber qué hacer cuando vienen los incendios; todo eso tiene un costo pero no hay otra, porque al fuego se lo apaga con agua, con actividad y con plata, esto es así”, sentencia el poblador de Villa Albertina.

A esta altura, la ineficacia del Plan Provincial de Manejo del Fuego se ha vuelto tan indiscutible como dañina: “En esta zona, el sábado a la tarde logramos parar el incendio con integrantes del cuartel de Deán Funes porque ya nos conocíamos y sabían dónde y cómo meterse. Pero resulta que después, agotados, los bomberos se fueron y el fuego volvió a iniciar: faltó la guardia de cenizas, esto pasó el sábado a la tarde y había sucedido lo mismo por la mañana. El domingo volvió a ocurrir; tiene que haber una organización civil trabajando con los bomberos y la policía para hacer una adecuada guardia de cenizas, no sólo para prevenir el reinicio sino también para cuidar que no lo prendan de nuevo. Los bomberos, a veces, se ven desbordados: logran apagar 400 metros y el fuego se les fue 1 kilómetro más allá. No existe forma de apagar el fuego en las sierras sin la colaboración de la gente. Los bomberos, los pobladores, la policía y los aviones”, sentencia Cacho Zurbriggen quien junto a su compañera Virginia son propietarios de un campo de 300 hectáreas.

“Son cuantiosas las pérdidas -indican- e imposible reponer lo perdido por estos fuegos, apenas si nos veníamos recuperando del gran incendio del 2009. Estamos complicados, todo esto de los incendios nos pone en situación de marginalidad porque pasa el tiempo y es como si no hubiéramos hecho nada todos estos años. Volver al campo de nuevo y ver todo quemado, uno dice, puta madre, estamos como 10 años atrás”.

“El olor a humo y cenizas persiste”

Luyaba es un pueblito situado al sur del valle de Traslasierra. En la sierra como en el bajo, el monte nativo y su fauna abundan en alto grado de conservación.

Celeste Rumie es profesora de yoga y pobladora de Luyaba y -en diálogo con Sala de Prensa Ambiental– cuenta que “en la tarde del 9 de octubre, vi una gran columna de humo hacia San Isidro y Guanaco Boleado” entonces Rumie, de inmediato, se contactó con un grupo de vecinos que estaban en alerta por la situación: “Dejé lo que estaba haciendo y fui a la plaza de Luyaba para encontrarme con los vecinos y, rápidamente, nos encargamos de tareas logísticas para combatir el fuego”.

“En la noche -cuenta la pobladora- el incendio estaba controlado y decidimos continuar en la mañana del sábado las tareas de guardia de cenizas”. Durante esa jornada, la comunidad trabajó en los perímetros “viviendo el fuego fuera de control que llegó hasta la plaza del pueblo. Creo que nadie durmió esa noche bajo un cielo rojo”.

“Al día siguiente -relata Celeste Rumie- las tareas fueron permanentes y contamos con la ayuda de vecinos del valle: Los Hornillos, Villa de Las Rosas, San Javier, La Población, Travesía, Las Chacras y Cruz de Caña”. Para Rumie, “la experiencia de la Biblioteca Popular de Travesía fue esencial para el cuidado y calidad de las tareas que realizó la comunidad”. Aquella espontánea organización vecinal sumó su trabajo a las dotaciones de Bomberos Voluntarios y a los esfuerzos de la Comuna.

Rumie indica a Sala de Prensa Ambiental que “recibimos la solidaridad -en todas sus formas- de las personas del valle, de Córdoba y también desde otras provincias. La tarea de los aviones hidrantes fue clave y recién en la mañana del quinto día tuvimos un respiro gracias a la primera lluvia mansa que nos visitó luego de largos y crujientes siete meses. Pero el fin de semana pasado -cuando intentamos relajarnos luego de una semana de riesgos, pérdidas y emociones de todo tipo- apareció un nuevo foco en mi barrio, sin ningún vínculo con el producido 8 días atrás”, expresa la pobladora de Luyaba y continúa diciendo que “el fuego nos convocó nuevamente con temperaturas cercanas a los 40º, muy cerca de vegetación exótica como eucaliptos, pinos y cañaveral. Otra vez, estuvimos durante toda la noche apagando brasas y llamas”.

Fotografía: Débora Cerutti

Para Celeste Rumie y los habitantes de Luyaba “el único fuego controlado es el que está apagado y la lluvia, aunque escasa, en 10 minutos extinguió lo que durante 10 días nos tuvo en vilo. Hoy, pasados varios días del primer foco de incendio el olor a humo y cenizas persiste. Se quemó una vivienda. Muchas tuvieron el fuego a un metro o incluso terminaron con una pared quemada”.

En Luyaba, aseguran que el fuego comenzó en una zona rural donde crían animales y también hay monocultivo de nogales y olivos. Las familias más afectadas resultaron ser las más humildes y en algunas zonas aún permanecen sin luz ni agua. Centenarios quebrachos blancos y algarrobos negros terminaron calcinados.

Fotografía: Débora Cerutti

“Aquí, la gente tenía desesperación”

“El fuego cruzó la ruta y se vino para acá”, comienza diciendo Martín Coronel, un santiagueño que en el 2010 se fue a vivir a Las Jarillas en busca de trabajo. “Yo estaba trabajando en las quintas y entonces el Andrés me dice: ¡Martín, el fuego está por cruzar para acá, vamos a atajarlo antes que cruce el arroyo! Subimos a la camioneta y salimos a las chapas para allá”.

Martín nunca imaginaría el desenlace trágico que tendría aquella jornada, con la muerte de un amigo: “José Roble ya estaba en el lugar con su camioneta cargada con un tanque de agua cuando llegamos. Éramos 8 vecinos haciendo un pasamanos de baldes desde el arroyo. En eso, vimos otro foco más lejano que se estaba reiniciando y salimos para aquel lado. José me dijo: no me siento bien pero ya me recupero, y todos empezamos a correr hacia el otro frente que se estaba reiniciando. Si no lo frenábamos antes del arroyo -cuenta Martín Coronel en diálogo con Sala de Prensa Ambiental- se iba para Las Jarillas así que gritaban ¡que no pase, que no pase! Santiago, desde arriba, nos exclamaba que venía otro frente desde atrás y tenía miedo que nos encerrara”.

“Cuando volvimos, José estaba caído, respirando mal”, dice Coronel y hace una pausa, tras la cual se recompone y relata “le limpiamos la cara con una remera y le pusimos un trapo mojado. Vimos que arriba, por la ruta, pasaba una ambulancia y la paramos. Emanuel, otro chico se descompuso allá, en eso que subíamos y bajamos, era una locura”, señala el poblador de Las Jarillas. “Subimos unos 1000 metros con José cargado en la camilla, lo llevábamos entre 6 vecinos que nos íbamos turnando”.

Cuenta Coronel que “cuando salió la ambulancia llevándoselo a José, volvimos para seguir apagando el fuego. Nos quedamos solos acá 2 horas más”. En ese tiempo, José Roble, fallecía en la ambulancia que lo trasladaba a Córdoba.

Martín Coronel saliendo de la zona quemada en Las Jarillas

Dicen los vecinos de Las Jarillas que ningún funcionario público se acercó hasta el momento al pueblo, ni durante, ni después de lo sucedido.

¿Se podría haber evitado la muerte de José?

“Sí, se podría haber evitado. Si lo cortaban al incendio en el inicio no llegaba el fuego para acá. Nosotros lo extinguimos sin ningún equipamiento ni herramientas. Aquí la gente tiene desesperación, ya pasó en el 2009 y quedaron todos traumados. Si esperábamos que el gobierno mandara bomberos se quemaba todo de vuelta”, señala el poblador y agrega: “Dejaron pasar el fuego por debajo de aquel puente. No tenían que dejarlo pasar…no tenía que llegar acá todo este fuego”, se lamenta Coronel e indica que “si el avión hidrante pasaba lo liquidaba y no llegaba a quemar todo lo que ha quemado, pero bueno… los bomberos estaban para el otro lado porque tenían órdenes de cuidar las casas, pero si lo hubiesen combatido a la mañana en la sierra lo cortaban ahí y no se quemaba todo lo que se quemó. El jefe del cuartel repetía lo que le decían que tenían que hacer desde el Plan Provincial de Manejo del Fuego, pero nuestra casa es todo esto -dice Coronel señalando los cerros- por eso nos pusimos locos: se muere todo”.

Martín Coronel recorriendo la zona del incendio en Las Jarillas

“Hay que cambiar todos los sistemas para tomar las precauciones -asegura el poblador de Las Jarillas- el sistema de los bomberos, por ejemplo, para que tengan órdenes de apagar el fuego y que no esperen a que sea incontrolable. Si no lo atacás, el fuego te ataca a vos. Hay que combatirlo, porque si no avanza y avanza”.

Martín Coronel era amigo de José Roble, lo conocía desde hace 8 años: “a mí me ha pegado mucho lo de José, hemos quedado mal todos. A la noche me despierto viendo fuego y más fuego. Era imposible dormir, por lo menos durante dos semanas no hemos descansado”.

¿Volverías a combatir un incendio aquí, después de lo que pasó?
“Sí, a pesar de lo que pasó. Y estoy seguro que José también”.

Fuente: Periodismo ambiental

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