“La dosis”: un pequeño Dios

La película indaga el modo en que el mundo de trabajo, con sus miserias y destratos cotidianos, afecta a este obcecado enfermero que durante sus 20 años de servicio supo hacer de la terapia intensiva su reino en este mundo.

Dirección y guion: Martín Kraut.

Duración: 93 minutos.

Intérpretes: Carlos Portaluppi, Ignacio Rogers, Lorena Vega.

Estreno este jueves y sábado a las 22 en Cine.ar TV, y desde el viernes disponible en Cine.ar Play.

La dosis arranca con un plano cenital centrado en el cuerpo de una mujer acostado sobre una cama de terapia intensiva en una clínica privada. Parece una guardia nocturna igual a tantas otras para el enfermero Marcos (Carlos Portaluppi), hasta que los sonidos de los aparatos de control empiezan a enviar señales de un paro cardíaco. Le sigue un procedimiento de resucitación que finaliza de la peor manera, con el médico anunciando la hora oficial de defunción. Pero Marcos continúa: uno, dos, tres shocks con el desfibrilador, y el corazón detenido que vuelve a latir. La única retribución de sus compañeros es un “felicitaciones, va a durar una semana más”, como si él fuera el único al que le importara esa vida. Es el mismo hombre que unas escenas más tarde, ante la irreversibilidad del cuadro de la mujer, le inyecta una droga para “hacerla volar”, eufemismo del mucho más cruel pero preciso “matarla”. ¿Con cuál de los dos Marcos quedarse? ¿Con el que desobedece a sus superiores con tal de prolongar una vida, o con el que decide acabarla?

La ambivalencia, la frialdad y la distancia emotiva están a la orden del día durante los poco más de 90 minutos de metraje de la ópera prima del también fotógrafo Martín Kraut, que tuvo sus primeras exhibiciones públicas –y presenciales– en el marco de una de las secciones paralelas del Festival de Rotterdam de este año. Una ambivalencia en la que se cruzan los mandatos de este particular universo laboral con una ética personal atravesada por los sentimientos más profundos. De allí, entonces, que el arco dramático del film vaya de aquella introducción elaborada sobre las bases de un thriller hospitalario a un seguimiento a sol y a sombra de las distintas situaciones que enfrenta Marcos, como si a Kraut le interesara indagar en cómo el mundo de trabajo, con sus miserias y destratos cotidianos, afecta a este obcecado enfermero que durante sus 20 años de servicio supo hacer de la terapia intensiva su lugar en el mundo, el reino en el que cual puede decidir a voluntad sobre terceros. Marcos juega a ser Dios, aunque sea inseguro y frágil. Un Dios al que un nuevo compañero pone en jaque.

Si con su compañera Noelia (Lorena Vega) se lleva bárbaro, el nuevo enfermero Gabriel (Ignacio Rogers) asoma como una contrafigura perfecta, alguien mucho más locuaz, simpático y social, que sin embargo debe insertarse en una dinámica a priori regida por el apego a las normas de sus compañeros. O al menos eso cree Marcos, quien desconfía de cada gesto, de cada actitud, de cada acción del recién llegado, aun cuando éste se muestre cordial y predispuesto al diálogo. Lentamente la rutina puertas adentro de la terapia empieza a volverse pesadillesca, con secuencias que pueden corresponder a la realidad o a la imaginación de un Marcos cada vez más atribulado y obsesionado por el peligro que siente ante los deseos de Gabriel. Un hombre que, lejos de la piedad, parece disfrutar “haciendo volar” a aquellos pacientes que considera que no tienen retorno. De esta forma, el relato pergeñado por Kraut suma a su costumbrismo enfermizo y deformante una tensión creciente producto del enfrentamiento entre los enfermeros, desatando así una competitividad de la que nadie saldrá ileso.

Fuente: Pagina 12

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