“La fiesta silenciosa”: reflexiones sobre la violencia

La película de Diego Fried parte de una fiesta que da lugar a una violación: el rompecabezas que surge a partir de allí le permite girar sobre los abusos masculinos y la justicia por mano propia.

Dirección: Diego Fried, con codirección de Federico Finkielstain.

Guion: Nicolas Gueilburt, Luz Orlando Brennan y Diego Fried.

Duración: 86 minutos.

Intérpretes: Jazmín Stuart, Gerardo Romano, Esteban Bigliardi, Gastón Cocchiarale y Lautaro Bettoni.

Estreno en la plataforma CineAr Play, gratis hasta el viernes 12 de junio.

Las letras rojas y de gran tamaño, sobreimpresas sobre los planos de la cabina de un auto en movimiento, recuerdan al comienzo de Funny Games, del austríaco Michael Haneke. Una de las posibles referencias o influencias más o menos directas de un largometraje con un pie apoyado en los géneros populares y el otro, tal vez menos firmemente, en el comentario social. Quien maneja es Laura (Jazmín Stuart) y Daniel (Esteban Bigliardi), sentado a su lado, le pide que levante un poco el pie del acelerador. Algún apuro hay, aunque la fiesta de casamiento de ambos tendrá lugar recién el día siguiente. Cuando la pareja llega a la casona de campo de León (Gerardo Romano), el padre de Laura, las coquetas mesas ya están dispuestas en su diseño final sobre el césped y las luces y parlantes terminan de completar una típica postal de festín al aire libre. Más allá de la ocasión, usualmente alegre, hay algo (bastante) de tensión en el aire y la hora de la siesta desemboca en una separación momentánea de la pareja. Laura sale a caminar, quizás para despejarse un poco, y su destino final es una de esas fiestas electrónicas en las cuales la música es escuchada individualmente a través de auriculares.

Los ecos de Perros de paja, el eternamente polémico largometraje de Sam Peckinpah, comienzan a resonar cuando la posibilidad del sexo casual desemboca en abuso y violación. En un primer momento, La fiesta silenciosa le oculta al espectador el final de la noche y es sólo cuando la cacería humana ha comenzado que las piezas del rompecabezas comienzan a calzar en su lugar, permitiendo que el juego entre víctimas y victimarios no sea del todo claro hasta que todas las cartas están dispuestas sobre la mesa.

Es parte del juego propuesto por Diego Fried (Sangrita, Vino) y el codirector Federico Finkielstain, aunque la aparición de un flashback aclaratorio parece forzado por la necesidad de aclarar todos los tantos y no dejar ninguna duda flotando en el aire. A partir de ese momento ya no hay vuelta atrás y los mecanismos del cine de suspenso y el terror psicológico se ponen en movimiento. Romano, con prótesis calva, hace las veces de un típico hombre de campo, bien macho y aficionado a las armas de fuego, al tiempo que su yerno en la ficción encarna un arquetipo masculino más reflexivo y calmo. Al menos hasta que la situación comienza a sobrepasarlo y decide sumarse por completo a la partida.

En medio de esos dos caminos transita el resto de La fiesta silenciosa: por un lado, una reflexión sobre la/s masculinidad/es y las diversas clases de violencias ejercidas por ellos (las de género, pero no excluyentemente); por el otro, los placeres y dolores de las sangres derramadas en pantalla a partir de la justicia por mano propia y la venganza, todo un tótem de los géneros cinematográficos más salvajes. El plano que abre la película in medias res muestra al personaje de Stuart en un encierro forzado, pero será sólo luego de que la película llegue nuevamente a esa instancia que el verdadero autor de la acción será revelado. Como afirma el título local de otra probable influencia del film de Fried-Finkielstain, la violencia está en nosotros y no necesariamente tiene que venir de afuera.

Fuente: Pagina 12

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