“La muerte de un perro”: una comedia oscura

Con un reparto en gran medida argentino y el choque de clases sociales como engranaje narrativo, la película de Ganz se aferra en un primer momento a un costumbrismo relativamente amable, para ingresar luego a territorios bastante más salvajes de lo previsto.

¿Qué si existe un humor cinematográfico típicamente uruguayo? Alcanza con recorrer los relatos de Whisky, La perrera, 25 Watts o la más reciente Belmonte para confirmar la hipótesis, más allá de las diferencias temáticas y formales entre ellas. La ópera prima del montevideano Matías Ganz viene a sumarse a esa lista de producciones nacidas del otro lado del Río de la Plata en las cuales la comedia asordinada –muchas veces seca, otras tantas de tonalidades oscuras, en ocasiones cruel– acompaña historias de personajes comunes y corrientes en circunstancias ordinarias o todo lo contrario. Este último es el caso de los protagonistas de La muerte de un perro, aunque no conviene revelar aquí los detalles de la evolución de la trama, más allá del punto de partida.

Con un reparto en gran medida argentino y el choque de clases sociales como más que evidente engranaje narrativo, la película de Ganz se aferra en un primer momento a un costumbrismo relativamente amable, para ingresar luego a territorios bastante más salvajes de lo previsto. Mario (Guillermo Arengo) es un respetado veterinario de la capital uruguaya que, un día como cualquier otro, termina con uno de sus pacientes caninos muerto en la camilla de operaciones. La dueña del pichicho, interpretada por Ana Katz, desconfía del relato oficial y sospecha de la celeridad con la cual su mascota fue cremada, disparador de una denuncia judicial y una serie de escraches en la puerta del local. En tanto, Silvia, la esposa de Mario, anda preocupada por los hechos de inseguridad reflejados noche y día por los medios y su queja recurrente, cotidiana, tiene como destinataria a la empleada doméstica.

“Esta chica mueve las cosas de lugar, me pierde cosas”, le dice a su marido antes de irse a dormir, con una extraña pronunciación producto del protector bucal para paliar el bruxismo. Una noche, mientras el matrimonio está fuera de casa, se produce una entrada y robo, origen de una mudanza temporal al coqueto hogar de su hija, casada y con hijos. Soledad Gilmet y Lalo Rotavería encarnan a la pareja más joven del relato y es durante esa visita inesperada que las tensiones, en evidente estado larvario, comienzan a salir a la superficie, especialmente durante el desayuno o la cena. “Estos te dicen a todo que sí”, afirma Silvia ya en plan paranoico, mientras observa la cámara de seguridad para cerciorarse de que la empleada recoja y devuelva ese billete de mil pesos estratégicamente dispuesto debajo de una mesa. La comicidad sigue presente, pero teñida de mayor oscuridad.

A partir de ese momento, el guion de Ganz se enfoca casi exclusivamente en dos líneas. Por un lado, en sostener el suspenso provocado por las circunstancias, dominadas por el efecto dominó, aportando en el camino dosis importantes de humor negro. Por el otro, en llevar a cierto extremo la idea del odio y el enfrentamiento de clases. A diferencia de la recientemente estrenada Planta permanente, que hace de las sutilezas y contradicciones su gran apuesta a la descripción social, el resultado aquí es similar a un juego de salón donde las piezas –los villanos y las víctimas– están descriptos de manera monolítica y fulminante. Incluso si un personaje con cierta sensatez y sentimientos debe darse vuelta de la noche a la mañana. El chiste no parece ser tanto mirarse en el espejo y ver reflejadas las zonas erróneas como construir deliberadamente a un monstruo. Payasesco, desde luego, pero monstruo al fin.

Fuente: Pagina 12

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