“Planta permanente”: la miseria no sabe de clases

El film aborda temas como el empleo público, la burocracia del estado y sobre todo las tensiones clasistas, con buenos que también son malos.

Planta permanente asoma como una anomalía en medio de cine argentino que esquiva la incomodidad con el mismo ímpetu con que Maradona esquivó jugadores ingleses en el Mundial de 1986. Una anomalía XL, en tanto el realizador tucumano Ezequiel Radusky navega aguas turbulentas metiéndose con temas de altísima combustión, de esos que picantean reuniones familiares con solo enunciarlos, como el empleo público, la burocracia del estado y sobre todo las tensiones clasistas, algo que según las películas, series y novelas no existe desde hace décadas en la Argentina. Para colmo, hay una mujer de altísimo cargo ejecutivo que ante los empleados recita una sarta de máximas buena onda, tan conciliadoras como vacías, con un tono muy parecido al de una famosísima exfuncionaria. En nueve de cada diez ficciones, a ella le calzaría perfecto el zapato de villana. Pero acá, si bien no es una carmelita descalza, tiene una maldad muy similar a la de todos los personajes. Una película sin buenos ni malos. O con buenos que también son malos.

Estrenada en la Competencia Internacional del Festival de Mar del Plata del año pasado, la primera película en soledad de Radusky -luego de haber codirigido Los dueños junto a Agustín Toscano- hace de la ambigüedad un norte ético: todos tienen algo para ocultar hasta que demuestren lo contrario. Al igual que en aquella ópera prima, en Planta permanente la maldad, las miserias, la ambición y el revanchismo no distinguen entre ricos y pobres, entre jefes y subordinados, entre hombres de traje y mujeres con ropa de limpieza. A este área del Ministerio de Obras Públicas pertenecen las dos mujeres que desde hace años comandan un comedor montado en un depósito donde se acumulan toneladas de material descartado durante décadas.

Todas las mañanas Lila (Liliana Martínez, ganadora del premio a Mejor Actriz en Mar del Plata) se para en la puerta de Ministerio para preguntar a quienes van entrando si lo cuenta para ese día o no. Tiempo después, en plena jornada laboral, Lila y Marcela (último trabajo para cine de Rosario Bléfari) bajan unos cuantos pisos para cocinar el almuerzo de decenas de comensales de todos los sectores del organismo que mediodía a mediodía pagan por su porción de comida casera y la comodidad de la cercanía. Tanto tiempo hace que están, que no hay nadie que no las conozca. Hasta que llega alguien que no las conoce. Son tiempos de cambio de gestión política y, por lo tanto, hay una nueva jefa con la que congraciarse. Con ella llegan también las disputas y el recambio de contratados por la gestión anterior por unos nuevos, en su mayoría acomodados y con contactos para entrar. Como por ejemplo la hija de la empleada de limpieza de la jefa, que gana su lugar a costa de desplazar a la hija de Marcela.

Por si no fuera suficiente, la recién llegada mira de reojo este particular emprendimiento gastronómico nacido a raíz del oportunismo de estas empleadas y la necesidad de engrosar sus bolsillos enflaquecidos. Sin la directiva de algún superior como aval, no hay papeles que habiliten ese servicio, algo que nunca les importó ni a ellas ni a ninguno de los comensales. La decisión es tajante: eso no puede seguir funcionando así, hay que vaciar el depósito para ver qué uso puede dársele. Lila está dispuesta a todo con tal de hacerse con la cantina, incluso a pisar la cabeza de su compañera. Planta permanente muestra esta guerra fría apelando a un costumbrismo sardónico por el cual cada situación suma nuevos matices en las mujeres. Radusky apela al humor tanto para descomprimir situaciones como para movilizar la cosmovisión del espectador, como si supiera que la reacción ante un chiste dice más sobre quien mira que sobre quien filma. Saber si se trata de personajes corrompidos por el sistema o si simplemente se sirven de él para sacar lo peor de sí es una duda que, felizmente, no tiene respuesta definitiva.

Fuente: Pagina 12

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